Xavier García Albiol y el nacionalismo

“Si después de estar tres días distorsionando la realidad sobre La Diada en Badalona y calentando el ambiente a todos los niveles en los medios de comunicación sólo consiguen que 200 ‘patriotas’ se dediquen a insultarme, es que ellos están muy mal o nosotros vamos bien”. Esto declaraba el alcalde de Badalona, el señor Xavier García Albiol, poco después de las dos y media de este domingo once de septiembre en su cuenta de Facebook. Rápidamente, del texto citado, me sorprenden los términos ellos y nosotros. Qué querrá expresar con ello el alcalde de la tercera ciudad de Cataluña en número de habitantes.

Al señor Albiol y a cuantos se apuntan al carro nacionalista, de cualquier región, les recomendaría la lectura de El hombre y la gente de Ortega y Gasset: “Tenemos, pues, que el hombre, aparte del que yo soy, nos aparece como el otro, y esto quiere decir, aquél con quien puedo y tengo – aunque no quiera – que alternar, pues aun en el caso de que yo prefiera que el otro no existiese, porque lo detesto, resulta que yo irremediablemente existo para él y esto me obliga, quiera o no, a contar con él y con sus intenciones sobre mí, que tal vez son aviesas. El mutuo ‘contar con’, la reciprocidad, es el primer hecho que nos permite calificarlo (al hombre) de social.

Sin duda, y ya lo he expresado a la hora de hablar del nacionalismo, uno de los males endémicos del hombre es el conferir el aura de absolutización a la regionalización de la realidad física. El cúmulo de identidades edificadas a partir del mundo antiguo en Europa cae en el océano de la hemiplejía moral cuando en ellas se inserta el calificativo nacional. Si bien es importante, y es fruto de la cultura, la segunda naturaleza del hombre, la aparición del genio y de la idiosincrasia particular de cada región espacial es un error segregar este genio y esta idiosincrasia del ámbito común en el que se constituyen: Europa. Aquello que los románticos alemanes denominan volksgeist no puede ser, bajo ningún concepto, y menos metafísico, una realidad superior a la del mismo hombre.

El concepto nacional es un artificio creado con el fin de alienar al hombre transformándolo en masa. El nacionalismo, insisto, cercena todo auténtico interés por los objetos trascendentes del espíritu humano. Si hay una nación ésta no puede ser otra que ese mundo donde ese ellos y ese nosotros experimentan las mismas cuestiones trascendentales, cuestiones que no se pueden parcelar pensándose que España, Francia o Inglaterra son realidades independientes. Esto, no obstante no debe hacernos pensar que hay un solo tipo de hombre socio-cultural europeo sino que el genio y la idiosincrasia con que la cultura se manifiesta complementa y edifica esa conciencia real y no idealista, como es el caso del nacionalismo romántico decimonónico, que es la humanidad y que en el caso de Occidente se halla alimentada de la cultura grecorromana y judeocristiana.

Es importante también desvincular los conceptos identidad y nación, vínculo por el cual han estallado los principales conflictos bélicos – piensen en Kosovo, Chechenia, Kurdistán por poner sólo tres ejemplos –. Tanto el nacionalismo catalán como español presentan como ideología una fuerte componente antidemocrática así como una exaltación divina del Estado-nación en el que no falta – vean el caso del nacionalismo de Sabino Arana – esa irracionalidad antropológica por la cual se concibe la superioridad racial – no olvidemos que este pasado verano el Partido Popular acusó a los inmigrantes de introducir enfermedades ya erradicadas en Barcelona.   

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